Foto: Alcaldía de Cali
Sin jurados ni puntajes: el Festival Mundial de Salsa cambia en su edición 21
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En Cali, la salsa no aparece únicamente cuando se encienden las luces de un escenario. También está en las escuelas donde niñas y niños aprenden sus primeros pasos, en las orquestas que sostienen la música en vivo, en quienes coleccionan discos y reconocen una canción desde sus primeros acordes y en los bailarines que convierten el movimiento en una forma de expresión.
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Con esa idea como telón de fondo, el Festival Mundial de Salsa llega a su edición número 21 con un cambio que modifica la tradición: por primera vez en esta edición, la competencia deja de ser el centro de la programación. Bajo el concepto «La salsa nos abraza», el encuentro priorizará la exhibición artística y la participación de quienes hacen parte del ecosistema salsero.
La apuesta reúne a 24 orquestas y 79 escuelas y agrupaciones de baile, con una participación estimada de entre 1.200 y 1.600 artistas locales. Pero, más allá de las cifras, la transformación abre una pregunta sobre el papel de los festivales públicos: ¿cómo reconocer una expresión cultural que no se construye solamente durante unos días, sino a través del trabajo sostenido de artistas, colectivos y comunidades?
Una edición para encontrarse y reactivar la cultura
Para Julián Arteaga, secretario de Cultura de Cali, la decisión de modificar el formato está relacionada con las condiciones que atraviesa la ciudad después del terremoto del 10 de agosto. Según explicó, la administración buscó que el festival también fuera una acción de solidaridad y empatía con las organizaciones culturales y con los caleños.
Por eso, esta edición no tendrá competencias, jurados ni puntajes. En su lugar, las presentaciones se desarrollarán como una exhibición artística, una fórmula que, de acuerdo con el secretario, busca ampliar las oportunidades de participación y circulación de los procesos culturales.
«La cultura es un motor fundamental de desarrollo y de generación de una cantidad de ofertas y servicios en Cali», señaló Arteaga, quien añade que «mantener el festival también permite activar el trabajo de las organizaciones del sector, en un ecosistema que no se limita a los bailarines y músicos, sino que incluye a quienes hacen posible los espectáculos».
La apuesta, además, se extenderá a distintos espacios: el Teatro al Aire Libre Los Cristales será el primer escenario, seguido por el barrio Obrero y el Bulevar del Oriente. Para Arteaga, llevar la programación a estos espacios responde a la necesidad de descentralizar la oferta cultural y acercarla a diferentes comunidades.
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El impacto, sin embargo, no se medirá únicamente por el número de presentaciones. El secretario señaló que la participación artística y la asistencia del público serán indicadores centrales para evaluar los resultados. La pregunta será si este cambio logra ampliar las oportunidades para quienes sostienen la salsa durante todo el año y fortalecer los vínculos entre sus organizaciones y la ciudadanía.
Una tradición que se construye desde otras ciudades
La identidad salsera de Cali también se nutre de quienes llegan desde otros lugares y encuentran en la ciudad un espacio para desarrollar su relación con la música. Ese es el caso de Luigy Poveda Ávila, DJ nacido en Bogotá, quien lleva cerca de siete años viviendo en Cali y participará en esta edición del festival.
Durante dos años consecutivos, Poveda estuvo detrás de la musicalización de las orquestas y las agrupaciones de baile. Esta vez dará otro paso y se encargará de las labores de producción a presentar su propio espectáculo como DJ. Su recorrido, cuenta, «comenzó mucho antes de llegar a Cali, pues desde joven me interesó la salsa y ya trabajaba como DJ salsero en Bogotá. Entonces dije: ‘Yo tengo que ir a la fuente, a la mata, donde está lo que me gusta'», recuerda sobre su decisión de instalarse en la capital vallecaucana.
Hoy se siente parte de la cultura salsera caleña, pero considera que su riqueza también está en la posibilidad de integrar otras experiencias. Para él, la salsa no pertenece exclusivamente a una ciudad o a un país; existen seguidores, músicos y orquestas en distintas regiones de Colombia y en otros lugares del mundo, cada uno con maneras particulares de interpretarla, bailarla y compartirla. La salsa se convierte en un ejemplo de cómo una expresión cultural arraigada en un territorio también puede alimentarse de los intercambios entre regiones y generaciones.
Poveda identifica, no obstante, un reto para quienes trabajan en esta escena. La difusión de las oportunidades. En su experiencia, existen espacios para que los DJ y otros actores participen en eventos culturales, pero no todos conocen las convocatorias o saben cómo acceder a ellas. Por eso, considera importante que la información llegue a más artistas, tanto de Cali como de otras ciudades.
¿Qué queda después del festival?
El Festival Mundial de Salsa busca reconocer el lugar que esta expresión ocupa en la identidad de Cali, pero también plantea una discusión sobre cómo mantenerla viva. Las escuelas, los bailarines, las orquestas y los DJ no solo participan en espectáculos, sino que transmiten conocimientos, construyen memoria y sostienen una actividad cultural que se desarrolla durante todo el año. El reto será que los espacios de participación se traduzcan en oportunidades para quienes hacen parte de esta escena y en procesos que continúen más allá del evento.
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El Festival comenzó el 23 de octubre en el Teatro al Aire Libre Los Cristales y continuará el 7 de noviembre en el barrio Obrero y el 14 y 15 de noviembre en el Bulevar del Oriente, con entrada libre. Bajo el concepto «La salsa nos abraza», esta edición invita a encontrarse alrededor de una expresión que identifica a Cali, reúne distintas generaciones y a quienes llegan de otros lugares. Una apuesta por celebrar la salsa como una cultura viva, capaz de conectar a la ciudad y seguir construyendo comunidad.
