Orlando Gill firmó una de esas tardes que se quedan grabadas en la memoria de las Copas del Mundo al sellar el boleto paraguayo a los octavos de final.
El Boston Stadium fue el escenario donde el guardameta guaraní se agigantó de forma absoluta, transformándose en una auténtica muralla imposible de penetrar ante el constante bombardeo del ataque alemán.
Durante los 120 minutos de tensión en Foxborough, Gill sacó a relucir el repertorio con cinco atajadas de altísimo calibre que sostuvieron a la Albirroja.
El destino le tenía reservada la gloria máxima en la tanda de penales. Gill leyó a la perfección las intenciones germanas, se estiró cuan largo es y detuvo dos cobros que silenciaron a la tribuna teutona: primero cobrándose la revancha personal ante el propio Havertz y después frustrando el disparo del ingresado Nick Woltemade.
La soberbia exhibición del portero paraguayo inclinó la balanza para el 4-3 definitivo desde los once pasos, con lo que le ganó el mano a mano de titanes al mismísimo Manuel Neuer.

