El hombre que atendía la única taberna de Kiowa, Kansas, había logrado quitarle el hacha de la mano a la mujer que, segundos antes, había entrado al recinto vociferando sus intenciones de «salvar a los hombres de su destino de borrachos». Antes de salir corriendo por la puerta de atrás del negocio, el empleado incluso alcanzó a pegar un tiro al techo.
Pero ni siquiera el ruido del disparo sirvió para disuadir de su objetivo a una furiosa Carrie A. Nation, una de las miembros más llamativas del movimiento Unión Cristiana de Mujeres por la Templanza. En EE.UU. la mujer es conocida por haber acumulado 30 arrestos entre 1900 y 1910, acusada de destrozar tabernas en varios pueblos del país.
«Una de mis acompañantes me dio otra hacha», recordó Nation en su autobiografía al relatar ese primer ataque en Kiowa, en 1900.
Y narró: «Me fui detrás de la barra a reventar el espejo y todas las botellas que había debajo; levanté la caja registradora y la tiré al piso; después rompí las mangueras del refrigerador y corté todos los tubos de hule que transportaban la cerveza, por lo que empezó a llover por todo el lugar».
Aunque la historia de destrucción de Nation fue única -convirtiéndola muchas veces en el objeto de burla de los comentaristas de la época, que la trataban de loca-, la trágica secuencia de eventos que la llevó hasta ese punto era más bien común para las estadounidenses de la época: Nation perdió su primer esposo debido al alcoholismo.
Incontables historias trágicas de muertes tempranas, violencia intrafamiliar y casos de hombres abandonando a sus familias se relacionaban con el consumo excesivo de alcohol en EE.UU. durante el siglo XIX y la primera mitad del XX.
El consumo de alcohol promedio entre hombres mayores de 15 años alcanzó un máximo histórico en 1830 con 26 litros anuales de bebida de 80 de graduación. Para tener una referencia, un whisky hoy tiene entre 40% y 60% de alcohol por volumen.
Cómo lo describió el galardonado documentalista Ken Burns en su serie de dos partes sobre la prohibición, entre el siglo XIX y principios del XX, «EE.UU. era una nación de borrachos».
Fue bajo este complejo panorama que un grupo de mujeres decidió unirse y actuar. Por primera vez en la historia de EE.UU., juntas conseguirían cambiar el destino de todo el país.
Templanza
La discusión en EE.UU. acerca de los efectos del alcohol sobre la salud comenzó en 1784 con reporte publicado por el médico Benjamin Rush.
Después de realizar los primeros estudios científicos sobre el tema, Rush concluyó que el alcohol podía causar daño al hígado, estómago, digestión, apariencia física y tejido muscular.
Además, en un distanciamiento total de lo que se creía en la época, Rush fue el primero en declarar que el alcoholismo es una enfermedad que «afecta la voluntad», contradiciendo la sabiduría popular que acusaba a los alcohólicos de ser «faltos de carácter».
Por si esto fuera poco, Rush fue también el primer médico en relacionar el cáncer con el tabaco.
Basado en sus estudios y en su férrea convicción de cristiano presbítero, este médico impulsó el movimiento de la «templanza», un ideología basada en preceptos cristianos (autocontrol, moderación) que abogaba por una abstención en el consumo de bebidas alcohólicas.
«Fue uno de los primeros grandes movimientos de reforma en EE.UU. y se vinculó al abolicionismo: líderes negros como Booker T. Washington la defendieron», le contó a BBC Mundo la profesora de la Universidad de Illinois y autora del libro Firebrands, Gioia Diliberto.
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«Y aunque hubo muchos hombres que lo apoyaron, el impulso realmente vino de ellas, especialmente al principio».
El movimiento se mantuvo vigente durante la primera parte del siglo XIX, pero vio sus esfuerzos menguados debido al estallido de la Guerra de Secesión estadounidense (1861-1865).
Fue solo hasta 1874 que un grupo de mujeres en Ohio decidió agruparse para defender los valores de la templanza y convertirlo en un movimiento político.
Frances Willard y la WCTU
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En 1874 un grupo de mujeres convencidas de los preceptos de la templanza decidió unirse para fundar una organización, la Unión Cristiana de Mujeres por la Templanza (WCTU por sus siglas en inglés), que tenía el objetivo casi que exclusivo de «lograr la prohibición completa de la manufactura y venta de bebidas intoxicantes».
Y durante sus primeros años de existencia, a eso fue a lo que se dedicó.
«Ambos arrancan en la primera mitad del siglo XIX y se prolongan hasta el XX: son luchas largas. Muchas de las mujeres que impulsaron el sufragio también participaron primero en la templanza y luego en el antiprohibicionismo. En el fondo, querían que sus voces fueran escuchadas y necesitaban más poder político para expresarse», explicó.
Willard se unió al movimiento de la templanza desde muy joven. Había sido profesora y había viajado por el mundo en sus años 20 y, al regresar, terminó ejerciendo como decana de mujeres de la Universidad Northwestern.
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Su llegada coincidió con una serie de protestas antialcohol que se empezaron a popularizar en Ohio entre 1871 y 1873, conocidas como la Cruzada de las Mujeres: manifestaciones en el que grupos de mujeres iban de cantina en cantina, orando y pidiéndole a los que las frecuentaban que se arrepintieran.
De hecho, estas cruzadas fueron las que, unos años después, inspirarían a Carrie Nation y su famosa hacha.
Desde ese cargo, Willard comenzó a incomodar al liderazgo de la organización, insistiendo que para poder alcanzar la prohibición, las mujeres tenían que poder votar.
Su postura fue tan popular que fue electa presidente de la WCTU en 1879 y se mantuvo en el cargo hasta su fallecimiento, en 1898. Willard además se dedicó a expandir las ideas de la templanza, llegando a fundar la Unión Cristiana de Templanza Mundial.
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Hannah Whitall Smith, quien trabajó como secretaria de la WCTU bajo el mando de Willard, la describió así: «Como presidenta por casi 10 años de la gran organización (…) que reúne más de 200.000 mujeres dispersas por todo EE.UU., desde Maine hasta Texas, desde Florida hasta Alaska, Frances E. Willard se ha ganado el amor y la lealtad que ninguna otra mujer, creo, haya poseído».
Cambios sociales
Una de las grandes contribuciones de Willard a la WCTU fue que amplió el enfoque reducido que había tenido la organización hasta entonces, de solo buscar la prohibición, a intentar mejorar la sociedad en general.
Para Willard, «al principio, el coraje era la virtud más grandiosa del hombre: debía domar a las bestias y encaminarse a las guerras, debía apaciguar la tierra salvaje mientras que a la mujer, la fuente en la que la vida se reabastece, se le mantenía pura para que la raza no pereciera en la larga lección y dura batalla de su propio desarrollo».
«Pero ahora que el mundo salvaje está domado, el hombre levanta su fuerte mano hacia la mujer, quien se erige por encima de él en las duras batallas de la pureza, para que sea ella quien lo guíe lejos del dominio de la bebida y del hábito del tabaco».
Su mensaje resonó de manera importante en muchas mujeres alrededor de EE.UU. quienes, aún sin tener el voto, se lanzaron a las calles para expresar su voz.
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«Hubo muchas marchas y manifestaciones», explicó Diliberto, «y mucho cabildeo ante el congreso. Era un movimiento político real y muy fuerte, con las mujeres involucradas a pesar de no tener el voto».
Pero eso estaba por cambiar.
La presión de la WCTU terminó siendo crucial para darle impulso a lo que sería un cambio absoluto en la vida social de EE.UU.: la prohibición del alcohol y el sufragio femenino.
Una nueva nación
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En 1919 el Congreso de EE.UU. aprobó las enmiendas 18 y 19 de la Constitución: la primera prohibía la venta, transporte, manufactura y posesión de alcohol en todo el territorio federal, mientras que la segunda prohibía que alguien sea discriminado para votar basándose en su sexo.
Pero la prohibición, medida que buscaba bajar las tasas de criminalidad en el país, terminó por tener el efecto contrario: los delitos aumentaron un 24%.
Fue en la era de la prohibición que se empezaron a conocer las primeras organizaciones criminales, dedicadas a producir alcohol de contrabando, así como a importar y venderlo, evadiendo -y muchas veces corrompiendo- a las autoridades.
Fue en esta difícil época para los prohibicionistas que Ella Boole asumió el rol de presidenta nacional de la WCTU.
«Ella Boole era una gran oradora. Hoy estaría postulándose a cargos y hasta a la presidencia. Fue una gran vocera desde la universidad y una excelente debatiente», opinó Diliberto.
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Sin embargo, Boole cometió un error de cálculo político: pensó que por ser mujer, recibiría el apoyo de todas las mujeres y que todas estaban a favor de la prohibición.
«Creyó que, al haberse duplicado el electorado con el sufragio para las mujeres, todas las mujeres iban a votar por ella cuando se lanzó al Senado de Nueva York. Pero eso no ocurrió», explicó Diliberto.
Revocatoria
Muy fiel a las ideas de de una «vida pura» que esbozaba Willard, Boole guió a la WTCU en los años que siguieron a la apoteósica victoria que significó la aprobación de dos enmiendas constitucionales.
«Boole impulsó campañas para ‘limpiar’ el cine y prohibir el tabaco», explicó Diliberto, «y aunque ella misma no mintió en sus discursos, toleró que circularan panfletos con afirmaciones engañosas sobre los efectos del alcohol».
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Pero los felices años 20, con sus nuevas ideas y actitudes, estaban cambiando a los estadounidenses: muchos de ellos no tenían interés alguno en «la vida pura» y, en los bares y tabernas clandestinos, conocidos como speakeasies, las actitudes de las mujeres también empezaron a mutar.
«La ‘nueva mujer’, conocida como la flapper, aunque en parte fuera un invento mediático, marcó un giro real: muchas mujeres coqueteaban con ese estilo, sobre todo los fines de semana, cuando iban a los speakeasies«, contó Diliberto.
«Circulaba la frase ‘soy libre, blanca y mayor de 21’, que se traducía en: ‘Puedo hacer lo que quiera: acostarme con quien quiera, trabajar, ganar mi propio dinero, ser glamorosa, fumar'», agregó.
«Hubo incluso desfiles de cigarrillos -las ‘antorchas de la libertad’- con mujeres caminando por la Quinta Avenida reclamando su derecho a fumar en público. Fue un cambio sísmico en cómo las mujeres se veían a sí mismas y su papel en la sociedad.»
Una mujer que se identificaba con estos valores fue la socialité neoyorquina Pauline Sabin, quien al oír a Ella Boole decir que la vida pura y la prohibición eran los objetivos de todas las mujeres, decidió fundar su propia organización: la Organización de Mujeres para la Reforma de la Prohibición.
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Sabin usó muchas de las estrategias que habían hecho tan poderosa a la WTCU, como capacitar a las mujeres en cuestiones electorales o en oratoria, así como aprobar panfletos con información engañosa, pero buscando un objetivo diferente al de la organización presidida por Boole.
«La organización que Sabin lideraba, la Organización de Mujeres para la Reforma de la Prohibición, se volvió masiva», afirmó Seidman. «Para 1933, cuando se revocó la enmienda 18, tenía aproximadamente un millón de miembros».
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El poder del voto
Cuando la Gran Depresión azotó la economía estadounidense en 1929, el experimento de la prohibición empezó a verse realmente amenazado.
Las altas tasas de crimen, sumadas a las altas tasas de desempleo y una imperiosa necesidad del tesoro nacional de recibir más impuestos fueron los elementos necesarios para que organizaciones como las de Sabin lograran convencer al Congreso de que hiciera algo que jamás había hecho en su historia: usar una enmienda constitucional para revocar otra.
En 1933, el Congreso aprobó la enmienda 21, la cual revocaba la número 18, lo cual significó una victoria no solo para mujeres como Sabin, sino para el voto de las mujeres en general.
«La campaña para derogar la prohibición se convirtió en la primera gran expresión del poder político de las mujeres tras el sufragio. A partir de ahí, ellas estaban decididas a hacerse oír en la vida y la política estadounidenses», explicó Diliberto.
Sabin «se mantuvo involucrada», contó Seidman. «Primero estuvo con los republicanos, pero después apoyó a Franklin Delano Roosevelt. Además hizo algo de decoración interior y trabajó con la Unión de los Derechos Civiles».
«Después de la derogación, se casó con su tercer marido», contó Diliberto, «luego de que el segundo se hubiera muerto poco antes de la revocatoria de la prohibición y se mudó a Washington y terminó siendo reconocida como esta anfitriona que lanzaba fiestas maravillosas».
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«Y siempre limitaba la hora de bebidas en sus fiestas a 40 minutos. Ella misma solía tener apenas dos bebidas toda la noche, pero no le gustaba beber porque creía que la bebida impedía la conservación».
Boole, por su parte, nunca dejó de impulsar las ideas de la templanza y se dedicó a recorrer el mundo intentando lograr revivir el experimento de la prohibición.
«El único sitio que experimentó también con la prohibición fue Finlandia, pero también duró muy poco», dijo Diliberto. «Boole fue la única en mi libro que nunca fumó y la única que sobrepasó los 70 años de edad. Y se mantuvo activa hasta el final».
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