Un presidente, no importa su color político, solo debería tener una misión al momento de asumir su mandato: entregar el país a su cargo mejor de como lo recibió. Esa es su única tarea. Ya de cada uno dependerá priorizar aquello que considere más importante para su respectivo país. Algunos dirán que la prioridad es darle dinamismo a la industria, otros señalarán que lo urgente es mejorar la calidad y el alcance del sistema educativo, algunos podrán insistir en que lo suyo es la lucha contra la pobreza o, tal vez, que lo esencial es garantizar seguridad a sus conciudadanos. En fin, sobre metas y objetivos las posibilidades son infinitas, así como lo son los caminos para conseguir que esas ideas se lleven a cabo, pero lo esencial es que el país que se entrega sea mejor y que en términos generales no se pierda el mediano o poco bienestar que ya existe.
Tras cuatro años de gobierno, Gustavo Petro podrá decir que buscó mejorar la vida de los colombianos, pero que no lo dejaron. Ese será su mantra y única defensa hasta el final de sus días. Culpará a los empresarios, culpará a la oposición, culpará a aquellos que lo acompañaron en el gobierno y que luego desechó como un Kleenex, culpará a los medios de comunicación, culpará a las universidades privadas, culpará al uribismo, culpará al paramilitarismo, culpará a los contrabandistas, culpará a quienes denunciaban a los contrabandistas, culpará si es el caso a las aves y a los peces, al sol y a los ríos, culpará a los próceres de la independencia muertos hace 200 años y, llegado el momento, culpará hasta a su propia familia con el único fin de justificar el no haber hecho nada.
El íntimo ídolo de Petro, Mao Tse Tung, ya lo hizo en 1958 cuando, en medio de la terrible hambruna que se produjo por cuenta de su tonta idea de convertir a los campesinos en productores de acero artesanal, buscar culpables se hizo imperioso. El inhumano e ignorante Mao, posando de gran científico, decidió culpar a los gorriones —sí, los pájaros— de la situación. “Los gorriones son una de las peores plagas, son enemigos de la revolución, se comen nuestras cosechas, mátenlos”, fue el mensaje que se escuchó en toda la China, y así empezó la más abominable persecución a unos inocentes pájaros que terminaron siendo masacrados casi hasta la extinción en ese país, ante la urgencia de un líder urgido por lavarse las manos de los muertos por inanición que se contaron por millones y que no fueron más que culpa suya.
Siguiendo ese modelo que sirve para gobernar mal, pero nunca asumir error alguno, si hoy el sistema de salud en Colombia es peor que hace 4 años, la culpa es de las EPS, de los empresarios de la salud, de las clínicas privadas, de los pacientes, de los laboratorios farmacéuticos, de lo que sea, pero no es culpa suya ni de su gobierno que poco a poco fue ahogando a todo el sistema girando cada vez menos plata de la que necesitaba el mismo para funcionar.
El ejemplo se multiplica en todos los escenarios: si hay corrupción en Ecopetrol no es porque el presidente que él designó para la empresa sea un corrupto que se ha rodeado de corruptos, sino que el uribismo se quiere apoderar de Ecopetrol. Si el nuevo sistema de salud de los profesores es peor que el anterior no es porque corruptos miembros de su gobierno cambiaron todo para ganar ellos plata, sino porque oscuros personajes del uribismo impidieron que se diera el verdadero cambio. Si hay zonas del país donde el control y la seguridad está en manos de organizaciones criminales vinculadas al narcotráfico no es porque él haya sido laxo con esos grupos y haya dejado sin dientes a la fuerza pública, sino porque esos gentiles criminales tienen ganas de hacer la paz con los colombianos y por eso van aquí y allá sembrando terror que es amor.
La falta de honestidad de Petro como presidente, así como su falta de pragmatismo para resolver los problemas de Colombia serán por siempre su sello personal. Su legado como líder de izquierda será haber sido incapaz de entender los postulados del verdadero padre de la China contemporánea que fue Deng Xiaoping, según los cuales la prosperidad común es el verdadero objetivo de la lucha social y que a esa prosperidad se llega permitiendo que los individuos se enriquezcan. Petro prefirió condenar a los que hacían fortuna, señalarlos como leprosos, en lugar de mostrarlos como ejemplos de lo posible cuando el esfuerzo y las posibilidades se conjugan debidamente. Por eso “el pueblo” como muletilla fue su salvavidas, porque así como para cada error siempre hubo un responsable que no podía ser él, para señalar a sus víctimas siempre se referiría a un “pueblo” indefinido, que al final de cuentas no era más que él, es decir: Petro contra Petro.
