Suena el teléfono una tarde de finales de noviembre del año pasado.
—Te paso con Roy.
Un segundo después, la voz al otro lado no se presenta, se proclama:
—Estás hablando con el próximo presidente de Colombia.
En ese momento era difícil imaginar cómo Roy Barreras podría llegar a la Casa de Nariño cuando el candidato ya elegido en las urnas por la izquierda —y por el petrismo— era Iván Cepeda, y el exembajador no parecía tener ninguna posibilidad. Hoy sigue siendo arriesgado hacer previsiones, pero el escenario ha cambiado de tal forma que aquella frase ya no suena tanto a bravuconada. Roy Barreras, el animal político de esta elección, podría ser presidente. Él. O cualquier otro. A poco más de dos semanas de las legislativas y de las tres grandes consultas interpartidistas—izquierda, derecha y centro—, todo puede pasar.
Roy, como todos le dicen, es un candidato particular: invisible en las encuestas, omnipresente en las conversaciones. No llega al 1% en los sondeos, donde Cepeda o el ultraderechista Abelardo de la Espriella rozan el 30%. Y, sin embargo, es el hombre que condiciona la partida. Compite por la izquierda, pero también incomoda al centro y a la derecha, a quienes les es más fácil ganar votos distanciándose del extremo que para su electorado representa Cepeda. Roy no es el candidato oficial de Gustavo Petro, pero cuenta con su respaldo.
La decisión del Consejo Electoral de impedir a Cepeda presentarse a la consulta de la izquierda del 8 de marzo abrió un escenario que nadie tenía en el guion. El candidato que debía simbolizar y fortalecer la unidad quedó fuera de la consulta y tendrá que ir directamente a primera vuelta. Y el político que parecía circular por el arcén se convirtió en un factor de división. Y de sorpresa. Roy pasó de actor secundario a bisagra.
Hoy casi nadie duda de que ganará la consulta de la izquierda, en la que se enfrenta a cuatro candidatos mucho menos visibles. Pero la clave es qué ocurrirá después. La primera vuelta presenta un escenario endiablado: dos candidatos fuertes, ambos cercanos a Petro, disputándose el mismo electorado. La izquierda, que aspiraba a llegar cohesionada, se presenta a las elecciones fragmentada en dos. El único consuelo es que derecha y centro también llegarán divididas, con De La Espriella y Sergio Fajardo disputando votos en sus respectivos campos a los ganadores de las consultas.
La irrupción formal de Roy fue una detonación con réplicas. Los sindicatos se alinearon en parte con él —algunos incluso integrándose en su lista al Congreso—, aunque no sin fisuras internas. Ellos también están divididos. Sectores tradicionales del progresismo cerraron filas con Cepeda y acusaron a Barreras de deslealtad. Otros optaron por apartarse. El exministro Juan Fernando Cristo, que viene más del centro que de la izquierda, lo resumió así: “Una consulta de centroizquierda sin la izquierda democrática queda incompleta y debilita la posibilidad de una opción progresista unificada”. Las adhesiones a la campaña de Roy —algunas tan llamativas como el respaldo del partido de la vicepresidenta Francia Márquez — no solo revelan simpatías: dibujan la arquitectura del poder.
Roy se juega mucho el 8 de marzo. Su objetivo es salir fortalecido con más votos de los 1,5 millones que logró Cepeda en la consulta de octubre, algo que podría no serle muy difícil porque será un domingo electoral que movilizará a millones de personas. Pero Roy no solo compite como candidato presidencial: mide su fuerza legislativa con una polémica lista que mezcla miembros de clanes políticos tradicionales, figuras regionales imputadas por corrupción, petristas pura sangre, personas cercanas al movimiento de la vicepresidenta Francia Márquez e influenciadores. “Roy se mide dos veces”, advierte una fuente gubernamental de la izquierda tradicional. “Si logra una votación robusta, podrá argumentar que tiene respaldo real más allá de su porcentaje en la consulta”, mantiene. Si su lista fracasa y la del Pacto Histórico lo supera ampliamente, su margen de negociación se estrecha.
Esa misma fuente es escéptica sobre su estructura territorial. “Roy no tiene nada en algunos departamentos”, afirma. “No tiene maquinaria consolidada y los liderazgos regionales han sido claros: primero se eligen ellos, luego miran a quién apoyan”. El apoyo, por ahora, es prudente y calculado. También el de Petro.
Otra fuente de alto nivel, cercana tanto a Barreras como a Cepeda y conocedora de la articulación política colombiana, dibuja tres escenarios tras la consulta: que Roy quede por encima y reclame el respaldo de Cepeda; que empaten y tengan que negociar; que Roy quede por debajo y deba apoyar. “En ese último caso, lo razonable sería que respaldara a Cepeda de cara a la segunda vuelta, aunque no necesariamente con entusiasmo desbordado”, dice. Y añade una frase que resume el dilema: “No importa tanto quién llegue, sino que se unan”.
El riesgo es que esa unión llegue demasiado tarde. Si compiten en primera vuelta, podrían desgastarse mutuamente, romper el voto oficialista y no llegar a la segunda. La fragmentación no es exclusiva de la izquierda, pero no sería la primera vez que la dispersión termina favoreciendo al adversario. La primera vuelta se perfila con al menos seis candidaturas relevantes y el precedente chileno flota en el ambiente: una división progresista que permitió que dos candidatos de derecha se disputaran la presidencia.
Roy, coinciden quienes lo han tratado, es uno de los operadores más eficaces del país. Tiene olfato, encanto, cintura. Ha transitado del uribismo a la izquierda sin que le pase demasiada factura. Conoce el Congreso, el sistema, las costuras… Una fuente que lo conoce bien lo resume así: “Está viviendo sus 15 minutos de fama. Pero no se le puede menospreciar”.
Quizá la imagen más precisa ahora siga siendo la de aquel teléfono sonando el pasado mes de noviembre. La de Roy proclamándose presidente cuando estaba todo por pasar.
